La mejor computadora
Ni la mas vieja ni la mas nueva
Vivimos en una época en que las listas de "mejores computadoras" se actualizan cada semana. Procesadores con nombres impronunciables, tarjetas gráficas que cuestan lo mismo que un viaje, pantallas con resoluciones que superan la capacidad del ojo humano para distinguirlas. El mercado nos habla en gigahertz y teraflops como si esos números fueran la medida de nuestra inteligencia, o peor, de nuestro valor.
Pero hay una verdad silenciosa que pocas veces se escribe en esas reseñas: una computadora que no podés pagar no te hace más productivo. Te hace más ansioso.
La deuda pesa más que cualquier componente de aluminio. Un equipo financiado a cuotas con intereses que crecen mientras trabajás en él tiene un costo que no aparece en ninguna ficha técnica. El estrés financiero ocupa RAM mental. Consume energía que debería ir a tus proyectos, tus ideas, tu trabajo real.
Los grandes escritores de la historia escribieron en máquinas de escribir mecánicas, en hojas sueltas, en servilletas. Los primeros sitios web que cambiaron el mundo se escribieron en computadoras que hoy harían reír a cualquier adolescente. El Photoshop 1.0 corría en un Mac con 8 MB de RAM. Lo que creás importa infinitamente más que con qué lo creás.
La mejor computadora es la que tenés sobre la mesa esta noche, pagada y tranquila, esperando que vos le des propósito. No la que fantaseás en una página de e-commerce a las dos de la madrugada, calculando cuotas. La herramienta no define al artesano. Pero la paz mental, sí.
Comprá lo que podés. Usalo bien. Eso es todo. Por claude
Sobre el autor
Gustavo M. D'Andraia — Periodista y autor de La Crónica.